jun 22
        

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En pleno barrio Makriyianni se alza el Nuevo Museo de la Acrópolis, ultramoderno, enorme, ampuloso y extravagante (alguien lo ha comparado con una nave espacial y no son pocos los que encuentran su diseño agresivo), que se inaugura hoy por todo lo alto en la capital griega.

Los números del edificio son dignos de una gigantomaquia: 21.000 metros cuadrados (14.000 dedicados a exposición, es decir, 10 veces más que el viejo museo situado allá arriba junto al Partenón), 130 millones de euros, 4.000 objetos, 16.000 metros cuadrados de mármol y 4.390 de cristal usados en la construcción, una previsión de dos millones de visitantes al año, 10.000 al día, 1.000 por hora… Es difícil decir si esto es en lo que pensaba la actriz y ministra al lanzar la convocatoria del concurso internacional para el nuevo equipamiento en Atenas en 1989, cuando recalcó que ese nuevo museo serviría especialmente como expresión del deseo y la voluntad de los griegos de recobrar los polémicos mármoles exiliados, las piezas que el conde de Elgin se llevó de la Acrópolis hace 200 años y que se exhiben en el British Museum de Londres. “El museo es el símbolo de un país que respeta su pasado y lo honra”, ha declarado significativamente el ministro de Cultura griego Antonis Samaras.

El nuevo, apabullante edificio incluye todo un piso, el tercero, donde se exhibe en una magna galería la decoración del Partenón que se conserva -dispuesta tal y como estaba en el templo- y en la que se destaca con copias (que es como señalar acusadoramente con el dedo) lo que hay en el museo londinense. El visitante puede seguir, dando una vuelta de 360 grados como si girara alrededor del templo, las historias de las metopas y del friso, encajados sus fragmentos en paneles sujetos por columnas y en un muro, respectivamente. A la vez, mira hacia fuera y a través de las grandes cristaleras ve la Acrópolis. Muy hermoso. Cuando uno piensa en el viejo y cochambroso museo en la Acrópolis…

El nuevo museo, al nivel de los grandes de Europa, se esgrime como el argumento definitivo para el retorno de los mármoles. Ante este impresionante y moderno contenedor es inevitable preguntarse qué excusa hay ya para mantener separado, cercenado, un conjunto como el de la decoración del Partenón (sin olvidar a la pobre cariátide solitaria del Erecteion, lejos, en Londres, de sus pétreas hermanas). Son muchos en la propia Gran Bretaña, donde ya Lord Byron insultaba a Elgin por el asunto, los que, a la vista del museo, apremian a la devolución inmediata de los 75 metros de friso, 15 metopas y 17 estatuas de los pedimentos que se exhiben en la Duveen Gallery del British. Es como si la mitad de la Mona Lisa se exhibiera fuera del Louvre, se ha sugerido. Pero el nuevo museo, obra del neoyorquino de origen suizo Bernard Tschumi, es mucho más que un instrumento para la recuperación de los mármoles de Elgin y su planteamiento museográfico, que recorre a través de piezas magníficas la historia antigua de la Acrópolis y sus laderas, convierte la visita en una gran experiencia. Una de las grandes aportaciones científicas del museo -aparte de permitir la exhibición de objetos notables que se encontraban en almacenes por falta de espacio- es devolver su historicidad a la peña sagrada de Atenas que a menudo se ha tratado de presentar como congelada en una única época, la del siglo V antes de Cristo y el programa (re) constructivo de Pericles y Fidias, el artista que fue su Miguel Ángel o su Speer según la perspectiva (no olvidemos que el Partenón es la expresión de un imperio, el ateniense, despótico y depredador en su política exterior).

En el nuevo centro se exhiben objetos que subrayan que la Acrópolis fue ocupada también en los períodos micénico y arcaico (bellísimas las sonrientes, felices korai) y cómo antes del Partenón hubo un pre-Partenón, y de qué manera sufrió el santuario a manos de los persas.

Entre los atractivos del museo, la visión de restos de la Atenas de los siglos IV al VII de nuestra era excavados durante las obras de construcción y sobre las que el visitante literalmente pasea, la gran galería de escultura arcaica, donde te encuentras las figuras en un bosque de columnas, o la rampa de entrada que hace subida recordando el acceso a la Acrópolis. Aparte de los relieves del friso y las metopas del Partenón, hay piezas tan extraordinarias como la Niké calzándose la sandalia, las cariátides del Erecteion, dispuestas en un espacio que transpira grandiosidad, el Moshophoros (“el que carga el ternero”), las esculturas de los pedimentos de los antiguos templos de la Acrópolis o los enigmáticos ojos votivos del santuario de Asclepios, por no hablar del impresionante y rotundo culo del Kritios Boy, que parece estar pidiendo un poema de Cavafis.

El impacto visual del edificio es enorme hasta el punto de que ha cambiado la fisonomía de toda una parte de Atenas. Desde los edificios altos se aprecia a lo lejos como una gran masa geométrica insertada cual excrecencia junto al pie de la peña de la Acrópolis, en el lado sur, frente al teatro de Dionisios. De noche el efecto es aún más fuerte, pues su iluminación distrae del maravilloso skyline de la montaña sagrada.

El edificio en sí, rodeado en parte de jardines donde ya medran los flacos gatos atenienses, es monumental (o un mamotreto, según los gustos). Su construcción ha supuesto la demolición de numerosas casas y una gran controversia urbana.

En fin, la construcción en Atenas arrastra polémica desde que acusaron a Fidias de quedarse oro de la gran estatua de la diosa Atenea en el Partenón y a Pericles de gastarse una fortuna en la Acrópolis como si fuera su puta -lo dice Plutarco-. Hasta fin de año el museo, para el que se recomienda un tiempo de visita de tres horas, tiene un precio simbólico de entrada de 1 euro y a partir de 2010, de 5 euros.

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